martes, 9 de junio de 2009

Una sonrisa por favor.

Había conseguido un trabajo por unos días en un centro comercial como promotora de vinos y quesos isleños. Uno de esos puestos en los que se ofrece al cliente una pequeña cata del producto, y la gente pasa a tu lado como si fueras invisible, o se lo lleva todo sin ningún tipo de reparo…
Era un trabajo aburrido, cansino y monótono…el primer día, además, llegué a casa semilisiada, pues mi calzado no fue el apropiado y el dolor de pies quiso hacerse amigo mío…
- ¡Lo pagan bien!– pensaba en todo momento, y no era broma, pese a lo absurdo del puesto, no estaba mal remunerado.
Como cuento, allí me encontraba yo una de esas mañanas de entre semana, en las que el supermercado no estaba nada concurrido, cuando lo vi mirándome desde el puesto de frutos secos…era un hombre delgado, alto y desgarbado, con una mirada nerviosa y un algo incoherente que más tarde tendría su explicación.
Se presentó cogiendo mi mano, así, de buenas a primeras. Me saludó y me solicitó que sonriera. Yo ante la confusión hice lo propio y a continuación le pregunté si estaba interesado en alguno de los productos que estaba promocionando (sin soltarme la mano) y volví a sonreír esperando contestación (seguía sin soltarme la mano). No hubo contestación. Se limitaba a mirarme como perdido (sin soltar mi mano).
Se acercó justo una compañera que iba a cubrir mi descanso, y el individuo automáticamente, cogió también su mano (sin soltar la mía) y le pidió que sonriera…mi compañera se giró hacia mí confusa, pero sonriente.
La situación era algo ridícula, pues allí estábamos las dos cogidas de la mano de un extraño que nos sonreía y alababa nuestra disposición. Ya incómoda, le pedí que me soltara la mano y como si no hubiera abierto la boca, siguió colgado a ella. Dejé entonces de sonreír y me solté de una manera incómoda y brusca. Mi compañera hizo lo mismo.
Y allí estábamos las dos plantadas delante de aquel loco de las sonrisas que alababa nuestros dientes y nuestra piel suave. ¡Era surrealista!
Quiso la suerte que en aquel momento pasara por allí una de las supervisoras, que nada más vernos, me llamó aparte:
- Mira Virginia, es un cliente enfermo. Por lo que sabemos padece una esquizofrenia y viene por aquí de vez en cuando, pues…así como ves…pidiendo sonrisas. No hemos tenido ningún problema con él la verdad…y lo único incómodo pues es su forma de actuar.
Miré entonces hacia mi compañera, que ya estaba sola, pero que dirigía su mirada curiosa hacia la compañera de los frutos secos. El susodicho se encontraba ya agarrado a su mano.
- Sonríe por favor...- escuché como le pedía. Y ella sonrió.
Llegué a la conclusión de que cada uno viene a abastecerse a un supermercado de cualquier cosa. Lo que no tienen en casa para vivir… algunos lo encuentran en un centro comercial.

8 comentarios:

Isabel de León dijo...

Para mi amiga Virginia...de sus experiencias como parada intermitente!!!

Besitos amigaaaaaa!!!

Virginia dijo...

Jajajaja... muy bueno migar!! No hay nada como trabajar en un sitio concurrido para que te ocurran toda clase de cosas!!

Tom dijo...

Tendré que rebuscar más en los centros comerciales a ver is encuentro lo que busco...

Isabel de León dijo...

Jajaja!!!si buscas igual encuentras!!!

Gracias x pasarte!
Saluditos Tom.

tan solo una cerilla dijo...

uno de mis muchos trabajos absurdos fue de eso mismo pero con una conocida editorial...llegué a la conclusion de que lo que no pase en un centro comercial no pasa en ningun lado...

Isabel de León dijo...

Jajaja...pues por lo que se tienes material para un rato!!jeje

Gracias por pasarte cerilla!!!
Saluditos

CoCo dijo...

La vida es un contínuo deambular en busca de algo... lo que ocurre es que no todo el mundo sabe lo que busca y, en ocasiones, cuando lo encuentras, tampoco era como esperabas...

Saludos desde 2009 chica escritora!
:))

Isabel de León dijo...

Supongo q cada cual tiene su Indiana interior...y va en busca d aventuras mejores o peores...

Mas saludos.